Profetas, hoy
En nuestros días, en el seno de la Iglesia, están proliferando profetas,
desde todos los ángulos. Tal vez se deba a estos tiempos de cambios acentuados y
apresurados que estamos viviendo o a al desequilibrio social reinante o a los temores que
nos infunden futuros inciertos.
Antes los profetas eran unos señores ancianos y de largas barbas que, ante todo,
predecían el futuro, algo así como los Nostradamus del Antiguo Testamento. Al menos así
se los imaginaban los creyentes normales. Por otra parte, eso sí, eran unos personajes
que fueron necesarios en los tiempos pasados, especialmente, aunque no únicamente, en la
historia de Israel.
En los últimos años, y gracias a la reflexión bíblica, esa figura del
profeta ha cambiado y ahora han llegado los tiempos, anunciados precisamente por un
profeta en que se está haciendo realidad aquellos de Derramaré de mi Espíritu
sobre toda carne. Y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; Vuestros jóvenes
verán visiones. Y vuestros ancianos soñarán sueños. Pero hay un doble
problema en esta efusión del profetismo. El primero hacer del profetismo la expresión de
nuestras propias convicciones sociales o políticas. El segundo es presentar al profeta
sólo por el lado hosco de su faz y el dedo acusador de sus manos, cuando no con el palo
preparado. Por supuesto que la acusación va dirigida a todos los que no ven o viven la fe
cristiana como nosotros. Es decir, el profeta como portador de denuncias, esa denuncia
profética tan puesta de moda. Es verdad que hay que denunciar los abusos, los atropellos,
las esclavitudes y opresiones, sobre todo sociales, y, para esto, la figura del profeta
viene como anillo al dedo. Por supuesto que hay que poner sobre el mantel las deficiencias
de las Iglesia y de los cristianos, como los profetas de Israel denunciaban las
infidelidades del pueblo de Dios.
Pero, el profetismo tiene muchos peros. Uno de ellos es que el
profetismo nace en el seno de la Iglesia y para el bien de la Iglesia, no puede ser
profetismo inspirado por Dios, el que van sólo contra la Iglesia. Otro de ellos es que ya
sobran profetas denunciadores, que los hay por todas partes. El carisma profético se pone
a la orden del día en cartas al director o en artículos de prensa y hasta se
arrogan ese carisma quienes ni siquiera son creyentes, para sacar a la vista lo que ellos
creen que son deficiencias de la Iglesia.
No hay mal que por bien no venga, pues no nos vienen mal a los cristianos y a
nuestra Iglesia en general esas denuncias, sean proféticas o simplemente malintecionadas,
porque la conversión es un itinerario permanente en la vida de los creyentes y en la
marcha de la Iglesia.
Ese aspecto del profetismo como acusador, son propios del profeta y no conviene olvidarlo,
pero bien leída la Biblia parece que ese aspecto agote la tarea y la misión más
importante del profeta. El profeta, más que denunciar males, es la persona que en nombre
de Dios anuncia que el futuro tiene un horizonte de esperanza y que los males desde la
perspectiva de Dios tienen remedio. El profeta garantiza en nombre de Dios la salvación y
la esperanza. De ahí que su misión no es tan solo tirar las piedras, porque él se crea
libre de pecado sino alentar, consolar y abrir caminos de esperanza, como
Jesús, el mejor de los profetas: Nadie te condena, yo tampoco, vete y no peques
más.
El mensaje profético que se anuncie de parte de Dios es siempre un mensaje
positivo y salvador, aunque a veces y para que resalte más la buena noticia que anuncia,
tenga que llamar a la conversión, suya y de los demás, para que no dejemos nuestra tarea
de expulsar demonios, es decir, de luchar contra los males de la sociedad y del hombre.
Esa llamada a la conversión, podrá parecer, a veces un poco brusca, pero nunca un
profeta de Dios debe pretender "apagar la mecha que humea". Hundir en la
condena, pedir que venga fuego del cielo sobre todos aquellos que no son de los nuestros,
que estamos convencidos de ser los únicos y verdaderos intérpretes de la Palabra de
Dios, eso es adulterar el mensaje, predicándonos a nosotros mismos desde nuestras
frustraciones y agresividades. Cosa muy a tener en cuenta.
La crítica, esa que llamamos crítica negativa, el señalar los defectos y
el destruir es cosa fácil. Todos manejamos bien la piqueta, pero sería muy doloroso que
malgastásemos nuestras mejores energías en esta labor negativa y estéril. Cuando
podaríamos gastarla en fomentar la cordialidad y el gozo y la esperanza de la vida.
Almería, a 03 de Febrero de 2008.
Manuel Menchón Domínguez.
Vicario Episcopal de la Zona Norte y de Asuntos Sociales.