Cuaresma
Carta a los diocesanos
Queridos diocesanos:
Este año la Cuaresma se nos mete de rondón cuando apenas hemos salido de
la Navidad, pero así es el ciclo litúrgico, que depende de la fecha de la Pascua. El
ruido de los carnavales ha adquirido tal fragor en los últimos años que algunos aparecen
muy rezagados a la hora de ajustar su vida a las exigencias de la Cuaresma, un tiempo de
gracia, en el que resuena con fuerza la llamada a la conversión a Dios.
Aunque la mentalidad ambiente sea refractaria a la conversión al Evangelio,
el mandato de Cristo de proclamar la palabra del perdón y de la vida es la misión de la
Iglesia. No es posible separar a la Iglesia de Cristo, porque la Iglesia es la enviada por
el Resucitado a anunciar que en la cruz de Cristo, en su muerte y resurrección Dios ha
entregado a la humanidad el signo supremo del amor y de la paz. Es misión de la Iglesia
llamar a todos los hombres a formar parte de una humanidad redimida y salvada en la
esperanza de alcanzar la plena consumación de la vida humana en la participación de la
vida de Dios.
Este anuncio es la tarea y el cometido de la Iglesia, que no puede dejar de
llamar a todos al cambio de vida, para que una vez liberados del pecado vengan a ser
servidores de la justicia. La palabra de la Iglesia, sin embargo, incomoda, molesta y se
rechaza, porque no se pliega a las apetencias de una sociedad que va orientando
progresivamente su propia organización y convivencia al silenciamiento de Dios y a un
modo de concebir la sociedad como si Dios no existiera.
La Iglesia que proclama el evangelio de la vida se ve enfrentada de esta
suerte a una cultura materialista, instalada en el reino de lo útil y placentero, un
reino medido por el interés del dinero y del placer, un reino en cual el cristiano de hoy
que no vigila su propia salud espiritual se acobarda para cualquier esfuerzo contra el
ambiente y se recluye sobre sí mismo adormecido, víctima de su asentimiento silencioso a
la corriente que llevan los acontecimientos.
¿Cómo podremos salir de esta situación contra la poderosa mentalización
contra el espíritu del Evangelio que se divulga por doquier? La Cuaresma es un tiempo
propicio para que los cristianos tomen resolución firme de realizar el esfuerzo de salir
de esta situación de aislamiento ensimismado, de echar fuera la cobardía en consentir
que un ambiente neopagano acabe por debilitar la fe y matar la esperanza en la vida
eterna. Las cinco semanas de Cuaresma que nos llevarán a la Pascua son un tiempo
razonable para la reflexión sobre la urgencia del cambio, para afrontar con decisión la
misión de dejar a Dios transformar nuestra existencia.
Sólo si Dios cambia el corazón y la mente del ser humano, cabe esperar una
sociedad mejor, menos insensible a la cultura de la muerte que se extiende como una mancha
de aceita impregnándolo todo, amenazando la vida de los no nacidos y proponiendo poner
fin a la propia vida o a la de los demás cuando la enfermedad, los años o el cansancio
permitan suponer que la vida de un ser humano ya no tiene sentido alguno, porque no tiene
calidad, es inútil o molesta y ya no hay razón de peso para soportar sufrimiento alguno.
Si no quiere escuchar la palabra de Dios, ¿qué esperanza le cabe al hombre? Por mucho
que se esfuerce, el hombre no podrá por puro voluntarismo hacerse un mundo alternativo al
que Dios, por nuestro amor, ha creado y ha ofrecido a todos como camino para la vida y la
felicidad.
La Cuaresma es el tiempo propicio para dejarse cambiar por Dios acogiendo
su palabra, volviendo a leer la Sagrada Escritura para descubrir en ella a Jesucristo,
que es quien nos ha dado a conocer el proyecto de amor que Dios tiene para el hombre. Es
tiempo propicio para el ayuno corporal por Dios, para vernos libres de los
egoísmos que nos aprisionan, porque no sólo de pan vive el hombre. Es tiempo para
renunciar a la pasión concupiscente de los bienes de este mundo y para compartir con
los necesitados. Tiempo, en fin, para la oración buscando a Dios y el
cumplimiento de su voluntad.
Con mi afecto y bendición.
Catedral de la Encarnación
Almería, a 10 de Febrero de 2008.
+ Adolfo González Montes.
Obispo de Almería.