VICARIO EPISCOPAL DE LA ZONA NORTE Y DE ASUNTOS SOCIALES.

LOS CÁNTAROS DE LA FELICIDAD

   Recuerdo de niño que mi pueblo no había aún agua corriente y teníamos que servirnos de una fuente de agua, que estaba al pie del pueblo (mi pueblo, Sorbas, está sobre un promontorio, rodeado por un barranco -Afa- y por el río de Aguas), a la que llamábamos “los caños”, nombre que aún perdura, aunque con otra función o servicio distinto y, como en toda nuestra geografía desértica, con mucha menos cantidad de agua.
   Viene esto a colación porque, en este camino cuaresmal, me ha venido a la memoria reflexiva, aquellas escenas de mi niñez, en las que el camino hacia la fuente y las mismas calles del pueblo eran testigos de un ir y venir de lo aguadores, que servían a las casas bien portando cántaros sobre las aguaderas de las bestias, bien en carritos de mano y algunos, incluso, sobre todo mujeres, llevando el cántaro apoyado en su costado.
   Y me parece que aquello que contemplaron mis ojos de niño, se sigue repitiendo hoy. Hoy en nuestra sociedad, como en las calles y en el camino de mi pueblo, hay un constante ir y venir alocado de la gente buscando otras fuentes, no la del agua, sino la de la felicidad.
   También llaman a nuestras puertas y nuestras ventanas televisivas, los aguadores de felicidad, ofreciéndonos mil caminos para saciar esa sed insaciable de felicidad. En realidad más que caminos, nos ofrecen miles de cosas con las que rodearnos para ser felices: más propiedades, mejores viviendas y si puede ser de verano e invierno, mejores coches y sobre todo cuentas corrientes bien nutridas… Y así tomamos los cántaros de felicidad que nos ofrecen y nos los vamos bebiendo, pero ahí sigue la sed.
    Para saciar esa sed se nos aconseja, según las circunstancias, trabajar o descansar, estudiar o jugar, casarse o quedarse soltero, viajar o quedarse en casa…
   Pero son muy pocos los que nos aconsejan, que para satisfacer la sed de felicidad, hay primero que satisfacer otra sed, que, en el fondo, el deseo más profundo, el más intenso, el más rico y el más grande que existe en cada ser humano que consiste en amar y ser amados.
   Porque quienes aman y se dejan amar, ven como, sin buscarla directamente, se va llenando un cántaro de verdadera felicidad. Porque la felicidad nunca nos vendrá buscándola para nosotros, sino cuando la busquemos para los demás.
   En mi reflexión anterior, decía que la cuaresma en camino de amor. Pues, quien vive en el terreno del amor, no vive atolondradamente ansioso por consumir los cántaros de felicidad que ofrecen los aguadores del capital, del negocio, de la política, que la ofrecen, ahora en época electoral, a mansalva, como si fuesen caramelos para niños. Quien vive en le campo del amor, tienen otro centro de preocupación y otra búsqueda en la que gastar su vida, porque, enamorado, no piensa ya en la propia felicidad, sino en conservar y acrecentar el amor.
   Sólo cuando el amor llega a su esplendor y es correspondido, surge entonces una felicidad tan asombrosa que nada ni nadie la pueden desgarrar. Porque la felicidad y el amor van de la mano. La máxima felicidad consiste en amar completamente al ser amado.
   En una inscripción griega en el templo de Delos, el poeta había escrito: “Lo más hermoso es lo más justo; lo mejor, la salud; pero lo más agradable es lograr lo que uno ama”. Decía algo muy hermoso, porque vivir enamorado y correspondido es algo que no espera ninguna remuneración: vale por sí mismo.
   Pues bien, esta cuaresma en un tiempo oportuno para responder al amor de un Dios enamorado de la humanidad (con razón dicen que el amor es ciego), enamorado de cada uno de nosotros (a pesar de las muchas calabazas que le damos). Responder, aunque sea un poquito cada día, a ese amor, intentado, aunque sea poco a poco, parecernos cada vez más a él en la medida en que amemos, y, mejor si amamos sin medida. De este modo, vivimos según el mensaje de Cristo, que nos dijo que “hay más felicidad en dar que en recibir” (Hch 20,35), que “nadie tiene más amor que el que da la vida por los que ama” (Jn 15,13) y podríamos añadir, que nadie es más feliz que quien quiere a los demás, especialmente a los que más necesitan amor, y se siente encantado de ser querido por Dios.

Almería, a 24 de Febrero de 2008.
Manuel Menchón Domínguez.
Vicario Episcopal de la Zona Norte y de Asuntos Sociales.