VICARIO EPISCOPAL DE LA ZONA NORTE Y DE ASUNTOS SOCIALES.

La Misa: oída o participada

   Hay bastantes encuestas para analizar la asistencia a Misa por parte de los católicos. No voy a hablar de datos, sino de actitudes que se dan ante la asamblea dominical. Sin tener en cuenta los “inasistentes” que ya no van a misa ni por equivocación. En nuestras celebraciones de la Santa Misa nos encontramos con cristianos “fiesteros” que van sólo cuando hay “fiesta”. Los “emotivos” que van sólo cuando les preocupa algún problema Los “cumplidores” que van sólo por “obligación”, porque está mandado y para no caer en pecado. Los “miedosos” que van para no enojar a Dios que puede mandarles algún castigo. Los “chantajeados”, que van obligados por la familia o por la amistad con los que celebran bautismos, bodas, primeras comuniones o funerales. Los “espectadores” que va a ver los que otros hacen. Los “turistas” que ni se enteran de lo que sucede pues se la pasan viendo el techo, las vidrieras, las imágenes... Los “visitantes exasperados”, que piensan que ya que Dios hace ¡tanto! por ellos, es justo visitarlo un “ratito” a la semana, pero “sin pasarse…”, con media hora, sobra. Los “rutinarios” que van a misa pero han caído en la inercia. Y también los hay, y a Dios gracias, cada vez más, cristianos en los que no predomina la oración gozosa de la asamblea, que acude por la necesidad sentida de ir a la casa del Señor para alabarlo en compañía de toda la comunidad agradecida.

   De las actitudes negativas, no toda la culpa está en los fieles, también hay que culpabilizar, en algo, al pasado histórico-reciente, en que el fiel no participaba en al eucaristía; tenía que contentarse con ver y oír lo que allá, a lo lejos, estaba haciendo el sacerdote, de espaldas a la asamblea, en una lengua extraña, el latín. Por eso se decía: “Oír misa”, y era verdad: el feligrés era un simple “oyente”. Ese “oír Misa” se correspondía en el lenguaje sacerdotal con “decir Misa” Y era también verdad. El sacerdote, en el rito antiguo, era un solitario en el altar, que repetía un rito que los fieles veían de lejos, mientras se “entretenían” con prácticas piadosas de tipo personal (rosarios, novenas, oraciones de toda índole).

   Toda esta situación sigue pesando, en la actualidad, sobre las comunidades de cristianos y de los mismos sacerdotes a los que les sigue costando mucho asimilar que a la Misa no se va a “oír”, sino a “participar” y que el sacerdote no “dice la misa”, - y mucho menos “da la Misa”, sino que la “celebra” con toda la comunidad o en nombre de toda la comunidad.

   El Concilio Vaticano II recogió el clamor de toda la cristiandad para que hubiera un viraje obligado en la manera de participar en la Eucaristía. El Concilio dio normas precisas para una renovación inmediata del acto de culto por excelencia de la Iglesia, la santa Misa. Ahora se habla de “celebrar la Eucaristía” y de “participar en la santa Misa”. El Señor escuchó la súplica de toda la Iglesia y, gracias a Dios, nuestras eucaristías han sido acicaladas por una recreación, provocada por el Espíritu Santo.

   La denominación de la Misa como Eucaristía, apunta claramente a que toda Misa es una grandiosa “Acción de gracias”; es una gozosa “alabanza”, una agradecida acción de gracias. Es la “celebración” de la muerte y resurrección del Señor. Es la festiva “Cena del Señor” en la que participan con gozo los cristianos.

Almería, a 13 de Abril de 2008.
Manuel Menchón Domínguez.
Vicario Episcopal de la Zona Norte y de Asuntos Sociales.