Amor delegado
Se llama Nora Esmeralda y es boliviana. Ha dicho que esta noche no se va a
dormir a su casa, porque la anciana a la que cuida, está muy enferma o eso le parece a
ella. Se quedará junto a la cama toda la noche, a pesar de la insistencia de la hija de
la anciana para que se vaya con los suyos a descansar. Pero ella reitera, que no se
moverá del lado de la cama de la anciana.
Se llama Isaura Santos. Va camino del Colegio donde estudian los niños que
están bajo su cuidado. Espera en la puerta, como una madre más
y como una madre
más, besa y abraza a los dos niños, que tiene que recoger por exigencia de los padres.
Sujetados por las manos de Isaura, los niños se sienten acogidos y protegidos en su
regreso al hogar donde le espera la estupenda merienda que esta joven ecuatoriana les ha
preparado.
Se llama Ousmane y es de raza negra. Acaba de dejar el tajo que le ha tenido
limpiando el parque durante más de ocho horas. Él estudio para enfermero en Senegal,
pero aquí trabaja de barrendero. Ha llegado a la pensión donde se hospeda desde hace
cuatro años en la que se siente muy bien acogido y querido. Ahora, como cada tarde,
empujará el carrito de ruedas de Antonio, el hijo de los dueños y. como si hubiera
barrido el parque para él le llevará a dar un paseo. Es la única salida de solaz que
pueden hacer estos jóvenes, el uno por su trabajo, el otro por su impedimento físico y
la ocupación de sus padres. ¡No es un trabajo! Ousmane no cobra por el paseo, lo hace
por amistad.
Se llama
Podríamos seguir la lista. Son inmigrantes. Está claro. Esos
que a veces rechazamos o de los que pensamos que han venido a robar trabajo y lo que no es
trabajo. Su historia pasada es trágica como la de todos los que tienen que huir del
hambre, la miseria o la violencia injusta.
Si embargo, los necesitamos. Necesitamos muchas Noras que cuiden a nuestros
ancianos. Necesitamos muchas Isauras, que trabajadoras de hogar y cuidadoras de niños.
Necesitamos muchos Ousmanes, que hagan por nosotros, lo que nosotros no podemos hacer.
Y tanto los necesitamos que hasta depositamos en sus manos lo que más
queremos en este mundo: nuestros padres y nuestros hijos. ¡Amor delegado! Por un montón
de horas cada día, confiamos en ellos los amores más importantes de nuestra vida
Y, en la mayoría de los casos no nos defraudan. Mas allá de la necesidad que tiene del
dinero que se gana con su trabajo, terminan por ser hijas, madres o hermanos de nuestros
padres, hijos y hermanos. No es un amor comprado, porque puede comprarse el rendimiento en
el trabajo, y el trabajo puede hacerse con amor o simplemente cumpliendo unas ingratas
obligaciones. La experiencia, en la mayoría de los casos nos dice, que son muy buenos
delegados del amor.
Nosotros, midiendo raquíticamente, todo el amor que ellos dan, lo más que
llegamos a decir es: Se porta muy bien con los viejos
o con los niños. Para
eso me cuesta un dinero, porque claro hablar de amor con quienes no son nuestros
prójimos (próximos), sino que han venido de allende los mares por necesidad, bastante
hacemos con darles un trabajo. Pero, ¿hemos pensado a quienes ponemos en sus manos en
estos quehaceres?
¡Qué bien nos vendría recordar la pregunta que Jesús hacía a sus oyentes
judíos después de la parábola del Buen samaritano! ¿Quién se ha portado como prójimo
con el malherido del camino?
Y ellos tuvieron que responder que el que tuvo misericordia con él
Pero aún reticentes no quisieron decir que ese prójimo era un extranjero.
Almería, a 01 de Junio de 2008.
Manuel Menchón Domínguez.
Vicario Episcopal de la Zona Norte y de Asuntos Sociales.