VICARIO EPISCOPAL DE LA ZONA NORTE Y DE ASUNTOS SOCIALES.

DOMINGOS DEL TIEMPO ORDINARIO

   La vida es vivir en el tiempo y es el bien más valioso que disponemos. Sin embargo, no siempre empleamos correctamente ese compás de minutos, horas, días, meses y años en que vamos caminando por la vida. Repetidamente lo derrochamos, unas veces por exceso, creyendo que vamos a vivir eternamente y que la muerte es algo que le pasa a otros, y otras ocasiones por defecto, pensando que cada día es el último de la vida.
   En general, no sabemos establecer adecuadamente los ritmos y los acordes al compás del tiempo. Una veces la entonación que le damos es el desafinado martilleo del aburrimiento y otras veces somos capaces de hacer de cada día una melodía de esperanza.
   La primera entonación o mejor desentonación del aburrimiento expresa, como un plañido, que nunca acabamos por vivir del todo. Que matamos el tiempo, que no hemos aprendido a disfrutar. Así gastamos, invariablemente, los días en unas aturdidas pretensiones y prisas, que son como una “droga permitida y propiciada” que fomenta en nosotros el deseo de evadirnos y olvidarnos de lo esencial de la vida, es decir de nosotros mismos. Por lo general, montados en le galope de la ambición no sabemos frenar para reflexionar, pensar y encontrar la necesaria tranquilidad de ánimo, incluso en la gestión diaria de la rigurosa agenda.
   Entonces el pasado se convierte en la pura añoranza de juventud del que dice “quien tuviera menos años y lo vivido, vivido…”, el presente se nos se avienta como brozas entre los dedos y el futuro nos descorazona con sus temores.
   En lugar de ser directores y compositores de la sinfonía de nuestra vida, acabamos como simples miembros de una orquesta que tocan sus instrumentos con la música creada y dirigida por otros, que suelen ser los que tienen la batuta de la economía y el poder.
   En medio de este concierto, o mejor desconcierto de la vida, la Iglesia nos insinúa una nueva partitura en blanco, cuando las campanas de las torres repiquetean a fiesta y nos invitan a cambiar el compás, ese tiempo que los cristianos llamamos “domingo”. Esa nueva música exige tomar la batuta por nuestras manos y componer y cantar un cántico a la esperanza de que cualquier tiempo futuro puede ser mejor. El domingo es anticipo en nuestro hoy de ese domingo “sin ocaso” en que “no habrá más noche”; un aperitivo de ese “festín de manjares suculentos y vinos olorosos” que tiene el Señor preparado, para el final del tiempo, cuando la vida se hace eterna. El domingo es, por tanto, una oportunidad maravillosa que irrumpe en el tiempo ordinario para recordarnos que toda la vida podría ser nuestra propia melodía, que para eso sembró sus notas y pentagramas el Creador en nuestro corazón.
   Por eso, con permiso de los que entienden de liturgia mucho más que yo, no me gusta la expresión, sin su verdadera explicación, de “domingos del tiempo ordinario” porque parece que son como los demás días habituales. Yo creo y así lo he leído, que lo que queremos decir es que en los días ordinarios se incluye el domingo como un día diferente, como el “otro”, que podría vivirse cada día, aún en el quehacer que nos ocupa y nos preocupa, sin le damos esa dimensión de sinfonía de la esperanza.
   Cuando los cristianos nos reunimos los domingos, llevando el recuerdo de tantas peripecias vividas en la semana, en ocasiones, incapaces de comprender su sentido y, a lo mejor, defraudados en muchas de nuestras esperanzas e ilusiones, sale a nuestra contemplación el itinerario que realizó Jesús desde Nazaret hasta Jerusalén, donde lleva a cabo su misión salvadora. Un viaje en el que el Señor fue encontrando a los hombres, como nos encuentra a nosotros, en lo ordinario de su vida: ocupado en el trabajo, añorante de sus antiguas tradiciones, dispuesto a comer; sano y enfermo, bueno y pecador.
   Son unas narraciones que se sitúan en nuestro presente, porque también nosotros vamos de viaje, y el camino de Jesús nos hace comprender el sentido de nuestro camino; descubrimos que nuestro caminar -nuestra vida ordinaria- puede convertirse en un continuo salmo de alegría de quien peregrina, como él, bajo la sombra protectora de Dios, hacia la fiesta eterna de la eterna Jerusalén.

Almería, a 08 de Junio de 2008.
Manuel Menchón Domínguez.
Vicario Episcopal de la Zona Norte y de Asuntos Sociales.