LA HUELGA
La huelga de las empresarios y autónomos del transporte, la del sector de
la pesca y la de los agricultores u otras que puedan derivarse como secuelas de éstas
están preocupando a la ciudadanía. No son pocos los analistas de la política y la
economía, que dicen que estas huelgas son las primeras manifestaciones de la crisis
económica.
Ante esta situación debemos ser conscientes de que la crisis- se le llame
así o no- se encuadra en el marco más amplio que va más allá de nuestras fronteras,
porque es de índole supranacional. Pero nuestro caso presenta como unas trazas propias, y
por desgracia, de color oscuro, como es el peligro que se cierne sobre muchos trabajadores
y pequeñas y medianas empresas, amenazadas por su propia fragilidad y por la crisis del
sus respectivos sectores; la inseguridad y la precariedad en la que se debaten tantos
agricultores, pescadores, transportitos, albañiles
Sin olvidar las tragedias de
muchos inmigrantes que nos llegan por tierra, aire y mar.
Dentro de este contexto repercute con notable fuerza la ola de malestar que
se viene sintiendo, por la sospecha de que los costes de la crisis vuelvan a incurrir,
como casi siempre, sobre las espaldas más endebles del cuerpo social.
Dentro de todo ese entablado inquietante, una huelga se va generalizando,
como una acción reivindicativa pero con serias y graves repercusiones en la vida de las
gentes, que nos pone en la tesitura de su aceptación o rechazo.
Creo que antes de adoptar una u otra de esas dos opciones, que ambas son
aceptadas por la Doctrina Social de la Iglesia, cada persona o corporación social deben
situarse ante la propia conciencia de una manera equilibrada, objetiva e influida por el
bien común para juzgar las motivaciones de la huelga, tantear virtuales frutos o
frustraciones y asumir serenamente las propias responsabilidades.
Respetemos la libre determinación todos los ciudadanos, sea cual fuere en
este caso su respuesta a la convocatoria. Nadie debe ser impedido de tomar parte en la
huelga, ni forzado a secundarla. Sin olvidar, en ningún caso, los linderos marcados por
el respeto mutuo y la convivencia ciudadana.
Pero la huelga, por muy llamativa que sea, no lo es todo, no lo es todo. Es
más, yo diría que ni siquiera es lo más importante de lo que está sucediendo en esta
situación de crisis o no crisis. Aunque si que puede un buen motivo para ahondar en una
reflexión sobre el cómo se ha llegado a esta situación en nuestra sociedad.
Normalmente cuando, sentados cómodamente delante del televisor contemplamos
las escenas de estas huelgas, algunas cargadas de violencia innecesaria, tenemos la
costumbre de buscar causantes o responsables, sobre quienes descargar las culpas. También
en las emisoras de radio y las cadenas televisión proliferan, en estas situaciones,
debates con los analistas económicos y políticos. Es cierto e innegable que hay unas
responsabilidades de los dirigentes de la política, de la empresa, de los trabajadores,
de los sindicatos y de los medios de comunicación. A todos ellos esta situación y sus
deplorables derivaciones le está pidiendo un sincero examen de conciencia. Pero de esta
revisión no debemos descartarnos nadie.
¿Quién tirará la primera piedra? Todos
necesitamos mejorar nuestros comportamientos personales, profesionales y sociales. Antes
que económica y política es ésta una crisis de valores, que está reclamando una
regeneración moral de nuestra sociedad, en sus dirigentes y en sus miembros. Esa
regeneración podría comenzar con una posición muy solidaria con las víctimas de esta
situación.
Y aquí los creyentes tenemos una inmejorable ocasión de manifestar nuestro
amor samaritano y, motivados por esa fuerza del amor, mantener encendida una antorcha de
esperanza frente a las explicaciones fatalistas de quienes piensan que estas situaciones
de injusticia son irreversibles. Los cristianos creemos que Jesucristo, con amor, ha
vencido el odio, la injusticia y la misma muerte. ¡Si hasta la muerte tiene solución con
el amor
.! ¿no la van a tener todas las situaciones desagradables de nuestro mundo,
si las regamos con el amor del diálogo, el respeto, la compresión y el perdón?
Almería, a 15 de Junio de 2008.
Manuel Menchón Domínguez.
Vicario Episcopal de la Zona Norte y de Asuntos Sociales.