VICARIO EPISCOPAL DE LA ZONA NORTE Y DE ASUNTOS SOCIALES.

Juan y Jesús
Misericordia y salvación

   Al pie del monte Sinaí, en pleno valle, se encuentra enclavado el monasterio ortodoxo de santa Catalina donde se conserva y expone una de las colecciones de iconos más importantes del mundo. Uno de esos iconos representa la figura austera de Juan el Bautista y, como admirador de esa figura evangélica, me detuve un poco observando la maestría con que el artista había reflejado la descripción que hace san Lucas del profeta del Jordán.
   Sin embargo su rostro no reflejaba el gesto airado con que muchas veces la iconografía, la pintura y la imaginería nos han presentado a san Juan, vociferando contra escribas y fariseos y desenmascarando su falsa religiosidad. El rostro que plasmó el monje del siglo IX, tenía una expresión dulce, apacible, bondadosa, como la de una persona comprensiva e indulgente. Al menos eso me pareció a mí.
   Entonces me vino a la mente la escena evangélica en la que Isabel y Zacarías deciden poner el nombre de Juan, a ese niño de sus esperanzas, acabado de nacer. Juan significa “Dios es misericordioso” y eso, creo yo, fue lo que quiso el artista que expresara en su obra la figura del Bautista.
   No lejos del museo, en el patio del monasterio, puede verse una zarza, cuidada por los monjes, en el mismo lugar donde, según la tradición, Dios habló a Moisés desde la zarza ardiente. Fue precisamente esa tradición la que dio lugar a la edificación del monasterio.
   Contemplando la zarza, hice una especie de malabarismo mental para unir dos experiencias tan lejanas en el tiempo como fueron el encuentro de Moisés con Dios y el nacimiento, porque Dios quiso, de Juan. Y es que en las dos escenas lo que sobresale como trasfondo que hace a los acontecimientos trascendentes, es la misericordia de Dios. Dios ha oído las súplicas de su pueblo que sufre la esclavitud y la vejación en Egipto y se le han conmovido sus entrañas de misericordia. Juan también, en el momento cumbre de la Historia, va a mostrar al pueblo, especialmente a los que mantenían viva sus esperanzas en Dios, que nunca el Padre misericordioso desoye las súplicas de sus hijos.
   Pero la misericordia de Dios no se queda en mero suspiro de lástima, como los que lanzamos nosotros ante el televisor al ver imágenes desgarradoras de la miseria, el hambre, la enfermedad, la violencia… No, la misericordia que hace es efectiva. Por eso invita a Moisés (el “salvado”), que colabore en la salvación de su pueblo y así comienza una historia de relación especial, que siempre tendría que haber sido historia de amor, entre el Dios misericordioso y el pueblo salvado.
   Pero tampoco la misericordia divina puede ser restringida a un grupo selecto. Israel debería ser el retrato para los demás pueblos de cómo es y actúa el verdadero Dios. Pero hay que reconocer que no fue así. Los israelitas guardaron el retrato para contemplarlo ellos solos, como un derecho adquirido.
   Por eso, cuando Dios creyó que ya era el tiempo oportuno, comenzó a manifestar a los hombres de todos los pueblos su amor misericordioso (que Juan significaba y descifraba) para hacer efectiva su entrañable misericordia con una salvación definitiva, ofertada para todos sus hijo y realizada por medio de Jesús( que significa “Dios salva”), que es la encarnación de la piedad y del amor de Dios hacia su pueblo, verdadero retrato del Dios Padre, que no permanece impasible e indiferente ante el drama humano, sino que se conmueve interiormente y con prontitud sale al encuentro de los heridos por el pecado: ¡Dios es rico en misericordia! «Sólo el corazón de Cristo que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza», dice el Catecismo de la Iglesia Católica.

Almería, a 22 de Junio de 2008.
Manuel Menchón Domínguez.
Vicario Episcopal de la Zona Norte y de Asuntos Sociales.