LOS GOZOS MESIÁNICOS:

EL ROSARIO EN LA NAVIDAD

TEXTOS PARA UNA LITURGIA DE GOZO

CON JESÚS, JOSÉ Y MARÍA

 

Introducción   Primer gozo   Segundo gozo   Tercer gozo   Cuarto gozo   Quinto gozo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Introducción.
   En la vida del hombre cada edad tiene su ritmo. En la espiritualidad, lo tiene cada fase de celebraciones. Y en las celebraciones, los ciclos litúrgicos marcan el compás de las meditaciones sobre los misterios, entonan las alabanzas y suplican los perdones.
  
En este ciclo navideño de misterios, meditaciones y alabanzas place al alma piadosa detener la mirada contemplativa en las escenas evangélicas del nacimiento e infancia de Jesús, con sus profundos gozos (y apuntes de dolorcillos y tenues resplandores de gloria, que nunca faltan) acompañando a María en sus reflexiones, silencios, suspiros de amor y gracia.
   De ese modo los sentimientos, emociones, lecturas, alabanzas y encuentros con Cristo y con María que nos ofrece la Liturgia bíblica-eucarística se prolongan en paraliturgias rosarianas de la más pura teología.
   A imitación de los tradicionales "misterios gozosos", haremos cinco jornadas, cinco estaciones, cinco visitas, cinco momentos de interiorización, colocándonos ante la imagen o escena evangélica narrada, y allí compartiremos la buena noticia de la Navidad.

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Primer gozo mesiánico :

En una gruta de Nazaret se oye la voz: Dios quiere ser hombre.

   ¡Abrahán, Abrahán! , llamó en tiempos remotos la voz del misterio a un hombre elegido, a un pastor en los montes de Ur, Mesopotamia : ponte en camino, le dijo, pues quiero contar contigo para poblar el mundo con hijos de un nuevo Reino de amor, justicia y paz...
   Abrahán, obediente, peregrinó con fe y esperanza, y llevó consigo rebaños y familiares a Canaán, Egipto, Moab... Pero este hombre fiel, que acogió y sembró esperanzas, estaba llamado a vivir en esperanza y a acabar sus días sin que llegara el tiempo del Nuevo Reino presidido por un Mesías, Salvador...
   ¡Jacob, Israel! , llamó otra vez la misma voz del misterio al hijo de Isaac que había luchado con un numen misterioso: "Yo, el que te habla, soy el Dios poderoso: crece, multiplícate, de ti nacerá una muchedumbre de naciones , y de tus entrañas saldrán reyes de Israel..."
   Y, tras la llamada, Dios se ausentó del lugar en que había hablado con Jacob, Israel.
   Y, sembrada nuevamente la semilla mesiánica de esperanza, entre los descendientes de Jacob se consideró muy lejano y confuso el horizonte de un Reino Nuevo en el que señoreara el amor, la justicia , la paz...
   ¡Moisés, Moisés!, dijo por tercera vez la voz del misterio, en el Sinaí : "Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob... He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto.. Voy a bajar a librarlo..."
   Y Dios libró al pueblo de Israel de su esclavitud, y quedó bien sembrada en el surco la semilla de la esperanza mesiánica...
   Pero los pueblos, al ver a Israel, apenas vieron un barrunto del Nuevo Reino de amor, de justicia y de paz... Nadie supo cuánto había que demorar en la espera de la plena realidad del Reino...
   ¡Salve, María! , dijo en Nazaret, finalmente, la voz del misterio a una doncella sin realeza, profecía, armas, campos o cultura:
   ¡Dios te ama, Dios te llena de amor y gracia!
   Él mismo ha decidido bajar a esta tierra para instituir el nuevo Reino de amor, justicia y paz..., y quiere tomar carne en tus entrañas.
   No entiendo qué deseas, susurró María.
   No importa que no lo entiendas, María, respondió la voz, si das tu consentimiento: El Hijo de Dios quiere hacerse hombre en tu seno virginal.
   Y María dijo: ¡hágase!.
   Y desde aquel momento Dios ya no se fue de entre nosotros y comenzó a enseñarnos a vivir en un nuevo Reino de amor, justicia y paz...
   Celebrémoslo con María dando gracias a Dios.

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Segundo gozo mesiánico:

La luz se irradia por las montañas de Ain Karim.

   Abrahán, agraciado de Dios, emprendió desde Mesopotamia el camino de Canaán..., movido por la fe y la esperanza... y se mantuvo fiel en Caná, el Neguev, Egipto, Hebrón...
   Jacob, privilegiado por la elección de Dios, hizo muchos caminos, sufrió muchas decepciones, engendró una tribus de hijos, perdió y reencontró a los que amaba, y concluyó sus días repartiendo bendiciones que eran cartas de esperanza...
   Moisés , el amigo de Dios, el que subió y bajó de la cumbre del monte Sinaí con las Tablas de la Ley, avanzó por el desierto, y llegó a la ribera izquierda del Jordán; y allí -¡oh paradoja de la vida en esperanza!- , allí, contemplando la tierra prometida, en esperanza, sin llegar a poseerla, dictó en el Deuteronomio su testamento. Otros pasarían el Jordán y entrarían en posesión de aquel suelo y montañas amadas...
   Él no lo pasaría...
   María , la doncella humilde, sin timbres de gloria, sin escalar el Monte ardiente, puesta su vida en manos del Altísimo, se sintió poseída por el Señor de la esperanza, y, sin contar a nadie su prodigiosa hazaña, marchó presurosa al encuentro de quien sabía que la iba a comprender: su humilde prima, Isabel, que también está sorprendentemente encinta, y la necesitaba.
   En Ain Karim, protegidas por el silencio, en el verde esperanza de los árboles de la montaña, mientras los sabios discuten, mientras los políticos se maltratan, los mercaderes preparan su viaje de negocios, y los sacerdotes de Yhavé escudriñan los signos escriturísticos y astrológicos sobre el advenimiento del Mesías, dos mujeres se preguntan cómo podrán servir al Señor que ya está allí, en el seno de la Virgen María... Se lo dice Juan que en el seno materno ya celebra fiesta como precursor del Cordero de Dios.
   Prestemos un poco de atención, pues ambas comienzan a cantar su Magníficat de amor y gloria:

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios mi salvador,
porque ha mirado la humildad de su sierva...

   Mientras el mundo gira inconsciente, el nuevo Reino de amor, justicia y paz, se proclama en la soledad de los montes de Ain Karim.
   Celebrémoslo con María, dando gracias.

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Tercer gozo mesiánico:

Nace un niño, Rey del nuevo Reino de amor.

   Isaías, gran profeta del Señor, soñó venturosamente que en el horizonte oscuro de la historia de salvación la tierra se iluminaría un día con el nacimiento de un niño prodigioso que en su debilidad sería fuerte, en su prudencia prematura no apagaría el pabilo  vacilante, en su generosidad no tendría límites, y en su entrega no se reservaría nada.... Lo soñó, lo soñó..., más no lo vio.

   Quienes lo vieron fueron María y José, padres afortunados a los que Isaías no identificó en su sueño mesiánico. ¿Cómo podía adivinar su corte de sencillez, ternura, pobreza..., y su andar de peregrinos por Palestina, acompañados de su borriquillo, y su ascensión al monte en busca de madera que labrar en el taller de carpinteros, y en la súplica angustiosa de una habituación limpia y recogida para dar a luz...?.
   Quiero pensar que Isaías, profeta y periodista que trazó en lontananza el mejor boceto de lo que sería el Mesías de Dios, fue avisado por un ángel para que acudiera a Belén en la noche santa, en la noche en que María iba a dar a luz. ¿No sería él quien tenía que comprobar su vaticinio tomando en sus manos al Retoño de Israel que traería paz, justicia, amor...?
   Pudo ser así. Pero ahora enmudece. Él, que habló mucho del Niño, como profeta que era, ahora enmudece, como testigo deslumbrado por la verdad maravillosa que contempla.
   En cambio María y José, llenos de dulzura y solicitud, cuando ven el cuerpecito del hijo que sonríe y llora, se ven asaltados por la urgencia de programar el trabajo para que el pan no le falte, y de adiestrarse en el ejercicio de padres para que al amor se sumen las habilidades puestas en pie de servicio de lo que más aman...
   Sí, sí. En esas meditaciones andarían María y José, sin percatarse de presencias simbólicas, como la de Isaías. Ellos tenían bastante con al Padre de cielo y tierra, al señor de las lluvias y rocíos, al dador de la vida en judíos y gentiles...; y se pondrían totalmente en su manos: conformes con sus designios, abiertos a la fatiga de cada día, fieles en la oscuridad de la fe, seguros de su providencia, firmes en el proyecto de perseverancia.
   Y entonces sería cuando, agitados todos los elementos por el Espíritu del bien, el Espíritu del Padre, irrumpirían ángeles, pastores y almas buenas cantando el ¡ Gloria, Gloria, Gloria...!, ante un niño desvalido a quien sólo la fe y confianza en Dios nos dicen: acoge, ama y adora.
   ¡Digamos con María: gloria, gloria, gloria...!

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Cuarto gozo mesiánico:

El Niño y su Madre se ofrendan a Dios.

   Ya pasó la noche de Navidad. Ya se fueron los pastores. Ya no quedan reyes magos. Queda la soledad de una familia, Jesús, María y José, y su misión en el mundo.
   Cada cual con su quehacer; cada cual con su sensibilidad; cada cual con su ventana abierta a la esperanza religiosa de Israel, entre nubes que no dejan entrever cuáles serán los caminos de vida y salvación para llegar a crear un Reino nuevo.
   Fijémonos un momento en dos pequeñas luces que se encienden diariamente en la mente, en el corazón y en las manos de María y de José, mientras el Niño descansa, dormido: el pan de cada día y la fidelidad a la ley de Dios.
   Tres luces cuidarán del pan de cada día: los pechos de la Madre, que serán fuente insustituible de vida para el niño, cuidándolos con delicadeza; las dos piedras del molino, que, movidas por las manos de María, triturarán el trigo para hacer al menos tortas de pan; y la garlopa no caerá de las manos de José para asegurar el bienestar del hogar mediante los contratos de trabajo bien cumplidos...
   Y un torrente de generosidad y gracia garantizará la fidelidad a la Ley del Señor. José y María comenzarán muy pronto a cumplir los preceptos religiosos que recuerdan el pacto de amistad entre Yhavé y su Pueblo elegido . Por eso,

orarán con la Biblia, como hijos de Israel;
circuncidarán al hijo, como prescribe la ley de Moisés;
presentarán al niño en el templo, consagrándolo a su Dios;
y ejercitarán la humildad en todos los gestos,
como en la purificación de la Madre Inmaculada...

   ¡Qué hermoso es contemplar a José y María, con el niño en sus brazos, presentándose en el Templo y llevando piadosamente, varios tesoros:

el obsequio de sólo dos tórtolas, porque la hacienda no da para más,
el compromiso de frecuentar la sinagoga para que el Niño se prepare bien en su fe,
la fidelidad de padres siempre unidos, solícitos, amorosos,
y la apertura total a lo que sea Voluntad salvífica de Dios ...!

   ¡Y qué sublime es en la vida de fe acompasar esa actitud humilde de la familia de Nazaret, inmersa en el misterio del anonadamiento del Hijo de Dios, con el grito de júbilo y la expresión de dolor de las conciencias que, habiendo permanecido muchos años en firme esperanza mesiánica, se ven sorprendidas, como el anciano Simeón, por doble golpe de inspiración divina!.
   Golpe de alegría, por la presencia del Niño Mesías:

Ahora, Señor, según tu promesa,
puedes dejar a tu siervo irse en paz,
porque mis ojos han visto al Salvador...!

   Y golpe de dolor, porque la Madre del Niño , Salvador, habrá de ser probada en su fidelidad con agudas espadas de dolor que atravesarán su corazón.
   ¡Oremos con María que en el Gozo sabe sufrir de amor...!

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Quinto gozo mesiánico:

Jesús y María crecen en edad y en gracia

   Los tres crecían : Jesús, José y María.
  La edad se cuenta día a día para todos. Quiérase o no.
   José maduraba, la Virgen aprendía a ser madre, y el Niño se solazaba en el amor de ambos.
   Los tres crecían.
   Mas ¿cómo era su crecimiento en sabiduría y experiencia? Este crecimiento va ligado al grado o intensidad con que se hacen las cosas, se reflexiona sobre los acontecimientos y se asimilan las lecciones.
   De María se dice acertadamente en los Evangelios que conservaba en su corazón memoria clara de cuanto acontecía en el entorno de Jesús, y que lo meditaba.
   Así nos lo cuenta el evangelio como glosa a las escenas de la Presentación y del reencuentro de los padres con Jesús en el Templo. Quien no medita las cosas saca poco fruto de ellas.
   Hemos de reconocer, no obstante lo dicho, que para nosotros es un misterio el modo como Jesús y María (y también José) fueron abriéndose a la luz de lo que sería, poco a poco, el esplendor del mesianismo vivido por ellos , sobre todo desde el salto de Jesús a la vida pública , y en el proceso subsiguiente, hasta su muerte.
   ¡Quién nos diera encontrar en las narraciones evangélicas descripciones pormenorizadas de los acontecimientos que formaban el tejido del programa diario en el hogar de Nazaret!.
   ¿Cómo se inició, cómo se amplió, cómo se consolidó y profundizó la comunicación cultural-religiosa-mesiánica entre Jesús y los suyos, en clima de fe y esperanza?.
   Detengámonos hoy a observar, contemplar un detalle, dejándonos sorprender por la escena en que Jesús ya comienza a tomarse libertades relacionadas con el aprendizaje e interpretación de la Escritura y del Mesianismo, olvidándose incluso de prevenir a sus padres sobre posibles eventos que pudieran modificar los planes previstos.
   María, según dice el evangelio, llama la atención a su hijo, por haberles creado una preocupación y angustia innecesaria: ¿por qué nos has hecho esto?.
   Pero Jesús le responde amablemente : perdona, madre, pero tenéis que ir acostumbrándoos a sobresaltos, porque los caminos mesiánicos, salvíficos, van a estar sembrados de sorpresas, contradicciones, espinas, y en la misma familia me consideran un loco.
   ..Y María conservó también estas palabras en su corazón.
   Rendidos ante el Amor y el Misterio, oremos.

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