"LA SANTA MISA"

TEXTO COMPLETO

Inicio de la celebración

Entrada y saludo
En pie.
  
Entra el sacerdote y tras hacer una inclinación ante el altar, lo besa y se traslada a la sede, al lugar desde el que iniciará la celebración.

Sacerdote: En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Todos: Amén.

   El sacerdote saluda a la asamblea y después puede decir unas breves palabras de acogida, que pueden situar el tiempo litúrgico, la fiesta que se celebra o cualquier circunstancia particular digna de ser destacada.

   La litúrgica recoge algunas fórmulas de salutación más comunes, como la siguiente:
S: La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu santo, esté con todos vosotros.
T: Y con tu espíritu.

Acto penitencial
   El acto penitencial nos dispone interiormente a la Eucaristía, reconociendo nuestras faltas y debilidades, ante Dios y nuestros hermanos.
S: Hermanos. Para celebrar dignamente estos sagrados misterios, reconozcamos nuestros pecados.

   Existen varias fórmulas para el acto penitencial.
   Fórmula penitencial 1ª:

Sacerdote y todos:
   Yo confieso ante Dios todopoderoso  y ante vosotros hermanos,  que he pecado mucho  de pensamiento, palabra, obra y omisión.
   Por mi culpa,  por mi culpa,  por mi gran culpa.
   Por eso ruego a santa María  siempre Virgen,  a los ángeles, a los santos  y a vosotros, hermanos,  que intercedáis por mí  ante Dios, nuestro Señor.

S: Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
T: Amén.
S: Señor, ten piedad.
T: Señor, ten piedad.
S: Cristo, ten piedad.
T: Cristo, ten piedad.
S: Señor, ten piedad.
T: Señor, ten piedad.

O bien:
   Fórmula penitencial 2ª:

S: Señor, ten misericordia de nosotros.
T: Porque hemos pecado contra ti.
S: Muéstranos, Señor, tu misericordia.
T: Y danos tu salvación.
S: Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
T: Amén.
S: Señor, ten piedad.
T: Señor, ten piedad.
S: Cristo, ten piedad.
T: Cristo, ten piedad.
S: Señor, ten piedad.
T: Señor, ten piedad.

O bien:
   Fórmula penitencial 3ª
(La parte rezada del sacerdote puede variarse según convenga a la celebración)

S: Tú que has sido enviado a sanar los corazones afligidos: Señor, ten piedad.
T: Señor, ten piedad.
S: Tú que has venido a llamar a los pecadores: Cristo, ten piedad.
T: Cristo, ten piedad.
S: Tú que estás sentado a la derecha del Padre para interceder por nosotros: Señor, ten piedad.
T: Señor, ten piedad.
S: Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
T: Amén.

O bien:

Fórmula penitencial del la Aspersión del agua bendita.

Himno de alabanza
   La gloria de Dios significa que la realidad de Dios es deslumbrante. Su grandeza, su santidad, su bondad, su poder, su sabiduría, se deja ver en toda la creación. Nosotros nos alegramos del poder y de las obras de Dios y por ello proclamamos nuestro gozo, para que también Él, se alegre con todos nosotros, sus criaturas.
   Los domingos y fiestas en que corresponda, el sacerdote introduce el rezo o el canto del Gloria, al que toda la asamblea se añade.

Sacerdote y todos:
   Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.
   Por tu inmensa gloria te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias, Señor Dios, Rey celestial, Dios Padre todopoderoso.
   Señor, Hijo único, Jesucristo.
   Señor Dios, Cordero de Dios,  Hijo del Padre;  tú que quitas el pecado del mundo,  ten piedad de nosotros;  tú que quitas el pecado del mundo,   atiende nuestra súplica,  tú que estás sentado  a la derecha del Padre,  ten piedad de nosotros;  porque sólo tú eres Santo,  sólo tú Señor,  sólo tú Altísimo Jesucristo,  con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre.
   Amén.

Oración colecta
S: Oremos.
   El sacerdote, tras unos segundos de silencio, dice la Oración Colecta correspondiente a la Misa del día, (según el calendario litúrgico) recogiendo todas nuestras peticiones y dirigiéndolas al Padre.
T: Amén.

Liturgia de la Palabra
Lecturas y Salmo
Sentados.

   Dispongámonos a escuchar y a acoger la Palabra. ¿Qué nos dice?...¿Iluminan algunos hechos o situaciones concretas de nuestra vida, de nuestro entorno, de nuestro mundo de hoy?...¿Qué espera el Señor de nosotros y qué nos pide?...¿Qué respuesta estamos dispuestos a darle?...
   Cada celebración tiene asignadas las lecturas, el salmo y el Evangelio, según el calendario litúrgico, y el ciclo anual correspondiente. La primera lectura acostumbra a ser, menos durante el tiempo pascual, del Antiguo Testamento. La segunda pertenece a los escritos de los Apóstoles (Hechos o Cartas).
   Cualquier miembro de la asamblea, suficientemente capacitado, puede actuar como lector en esta parte de la Liturgia de la Palabra. Quien lo haga se dirigirá al lugar destinado en el presbiterio para la lectura, el ambón, donde estará preparado el Leccionario (libro de las lecturas) y una vez dichas las moniciones (sí las hay), empezará a leer.
   El lector que proclame el salmo responsorial, introduce primero la antífona que luego responderá la asamblea. Luego el lector ira enlazando estas respuestas con las distintas estrofas del salmo.
   Al final de la primera lectura y de la segunda (si la hay) el lector añadirá:
Lector: Palabra de Dios.
T: Te alabamos, Señor.

   Puestos de nuevo en pie, antes del Evangelio, cantamos el Aleluya ( o en tiempo de Cuaresma otro canto de aclamación a Jesucristo). El leccionario asigna para este momento algunos versículos que pueden intercalarse con el canto.

Evangelio
   El sacerdote se dispone a proclamar el Evangelio. En voz baja pide al Señor que le dé la fuerza de su luz, para entender mejor su Palabra y poder llevarla a la práctica. Si la solemnidad de la celebración lo requiere, puede incensarse el Leccionario desde el que se proclamará el Evangelio.
   Ya en el ambón el sacerdote se dirige a la asamblea:
S: El Señor esté con vosotros.
T: Y con tu espíritu.
S: Lectura del santo Evangelio según San...(se nombra el autor del Evangelio que se va a proclamar)
   Al decir estas palabras, el sacerdote signa (hace la señal de la cruz con el dedo) sobre el Leccionario, y se persigna a sí mismo. Nosotros también nos persignamos.
T: Gloria a ti, Señor.
  
El sacerdote lee el Evangelio. Al terminar proclama:
S: Palabra de Dios.
T: Gloria a ti, Señor Jesús.
  
El sacerdote besa el leccionario y nos sentamos para escuchar la Homilía.

Homilía
   El sacerdote nos explica la Palabra de Dios para poder aplicarla a nuestras vidas. No es pues un tiempo en el que debamos perder la atención y el calor comunitario de la celebración. Adoptemos una actitud receptiva para que las palabras del sacerdote iluminen nuestro caminar cristiano.

Credo
   Como respuesta personal al mensaje que acabamos de escuchar en la Liturgia de la Palabra, ahora todos juntos confesamos les verdades que conocemos gracias a la revelación de Cristo. Son las grandes verdades de nuestra fe.
   Terminada la homilía, el sacerdote desde el mismo ambón o de nuevo en la sede, inicia el rezo del Credo.
   Existen dos fórmulas de Credo o profesión de fe, que pueden usarse según sea el carácter de la celebración, puesto que uno es mas largo que el otro.
   Nos ponemos en pié.

   Profesión de Fe: Credo Niceno.

Sacerdote y todos:
   Creo en un solo Dios,  Padre todopoderoso,  Creador del cielo y de la tierra,  de todo lo visible y lo invisible.
   Creo en un solo Señor Jesucristo,  Hijo único de Dios,  nacido del Padre  antes de todos los siglos:
   Dios de Dios,  Luz de Luz,  Dios verdadero  de Dios verdadero,   engendrado, no creado,  de la misma naturaleza del Padre,  por quien todo fue hecho;  que por nosotros los hombres,  y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo  se encarnó de María, la Virgen,  y se hizo hombre;  y por nuestra causa
fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escritura, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.
   Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas.
   Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica.
   Confieso que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados.
   Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro.
   Amen.

O bien:
   Profesión de Fe: Credo Apostólico

Sacerdote y todos:
   Creo en Dios, Padre todopoderoso, Creador del Cielo y de la tierra.
   Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso.
   Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.
   Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna.
   Amén.

Oración de los fieles
   En este momento la comunidad, antes de participar de la mesa del Señor, sale de sí misma y mira al mundo entero, e intercede por él ante el Padre.
   El sacerdote introduce la oración de los fieles. Las intenciones de la oración las pueden leer cualquier asistente. La asamblea responderá a cada una de ellas con la fórmula que se haya indicado previamente. Finalmente, el sacerdote dice la oración conclusiva.
T: Amén.

Liturgia Eucarística
Presentación de las ofrendas
Sentados.

   Terminada la LITURGIA DE LA PALABRA, con la Oración de los Fieles, el sacerdote se dirige hacia el altar.
   El sacerdote eleva la patena que contiene el pan que va a ser consagrado.
S: Bendito seas, Señor, Dios del Universo, por este pan, fruto de la tierra y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos, él será para nosotros pan de vida.
T: Bendito seas por siempre, Señor.
  
El fruto de la tierra (todo cuanto hemos recibido de Dios: universo, agua, tierra, animales, salud...) y del buen trabajo de los hombres (estudio, esfuerzo, justicia, amor, sinceridad, servicio, alegría, dolor...) todo lo ofrecemos a nuestro Padre del Cielo.
   Señor, te ofrezco todo cuanto tengo: quiero ser todo tuyo. Tuyo para siempre.
   El sacerdote, deposita la patena sobre el altar y a continuación eleva el cáliz, en el que previamente se ha mezclado el vino con una pequeña cantidad de agua.
S: Bendito seas, Señor, Dios del Universo, por este vino, fruto de la tierra y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos, él será para nosotros bebida de salvación.
T: Bendito seas por siempre, Señor.

   ¿Cuántas personas sufren en el mundo?
   Su dolor también lo ofrecemos al Padre, pues la Eucaristía también se celebra para ofrecer sobre el altar, el trabajo y el sufrimiento del mundo.
   El sacerdote, deposita ahora el cáliz sobre el altar.
   Si la solemnidad así lo requiere, tiene lugar ahora la incensación de las ofrendas, del altar, de los ministros y de la asamblea.
   El sacerdote, en voz baja, se dirige al Señor, solicitándole que acepte nuestro corazón arrepentido y reza la oración propia del Lavatorio en la que demuestra al Señor el deseo de presentarse con el alma limpia.

Invitación a la plegaria
   El sacerdote levanta las manos mirando al cielo y nos invita a todos a la oración.
S: Orad hermanos, para que este sacrificio mío y vuestro sea agradable a Dios, Padre todopoderoso.
T: El Señor reciba de tus manos este sacrificio, para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia.
   El sacerdote, con las manos elevadas, dice la Oración sobre las Ofrendas correspondiente a la Misa del día (según el calendario litúrgico).
T: Amén.

Plegaria Eucarística
   De pie.

   Llega el momento del Prefacio. Con él, la Iglesia da gracias al Padre por todas sus obras y en especial por la salvación de Jesucristo.
   Se inicia con un diálogo previo, entre el sacerdote y la asamblea.
S: El Señor esté con vosotros.
T: Y con tu espíritu.
S: Levantemos el corazón.
T: Lo tenemos levantado hacia el Señor.
S: Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
T: Es justo y necesario.
  
El sacerdote, elevando las manos, lee el prefacio propio de la Misa del día.
   Al finalizar aclamamos con alegría al Dios Santo, que en breves instantes se hará presente sobre el altar.

Sacerdote y todos:
   Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo.
   Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
   Hosanna en el cielo.
   Bendito el que viene en nombre del Señor.
   Hosanna en el cielo.

Plegaria eucarística I
Plegaria eucarística II
Plegaria eucarística III
Plegaria eucarística IV

   El sacerdote continua con la Plegaria Eucarística escogida entre las diversas que la liturgia plantea; algunas más breves otras mas extensas. Ahora el Espíritu es invocado a fin de que el pan y el vino se conviertan en el Cuerpo y en la Sangre del Señor.
   Llega el momento de la Consagración.
   El sacerdote coloca las manos extendidas sobre la patena y el cáliz, y hace sobre ellos la señal de la cruz. Nos arrodillamos.
   El sacerdote toma en sus manos el Pan y proclama las palabras de Jesús en su ultima cena. Lo eleva y tras depositarlo de nuevo en la patena realiza una genuflexión, en adoración ante el Cuerpo de Cristo.
   Tomando el cáliz preparado en las ofrendas, realiza las mismas acciones.
   Jesucristo está de nuevo entre nosotros, con su Cuerpo y con su Sangre. ¿Cuántas veces hacemos como que no le vemos?
   Bienvenido, Señor, a tu altar.

   El Sacerdote nos invita a la Aclamación y nos ponemos en pie.
S: Este es el Sacramento de nuestra fe.
T: Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!

   Al participar en este sacrificio eucarístico, nos convertimos en testimonios de Cristo crucificado y resucitado.
   Señor, ayúdame a vivir la misión que tengo como apóstol tuyo.
   Elevando las manos al cielo, el sacerdote prosigue con la Plegaria Eucarística.
   Haciendo memorial de la muerte, resurrección y ascensión del Señor, ofrece al Padre, en nombre de todos, el Pan de la Vida y el Cáliz de la salvación, es decir, al mismo Jesús en su sacrificio redentor.
   También pide al Señor por la Iglesia, los difuntos y todos los presentes, para que podamos alcanzar la gloria de la vida eterna con todos los santos.
   El sacerdote junta de nuevo las manos, toma el cáliz con una mano y la patena con la otra y las eleva, pronunciando La Doxología, (dar gracias a Dios)
    Termina así, la Plegaria Eucarística.
S: Por Cristo, con Él y en Él, a ti Dios Padre Todopoderoso, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.
T: Amén.

Rito de la Comunión
Padrenuestro
  
El sacerdote invita a toda la asamblea a recitar la oración del Padrenuestro.
S: Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza nos atrevemos a decir:
   (o cualquier otra fórmula de invitación)
Sacerdote y todos:
   Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre; venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
   Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal.

   El sacerdote, en nombre de todos y con las manos elevadas, retoma las últimas palabras de la oración del Padrenuestro.
S: Líbranos, Señor de todos los males y concédenos la paz de nuestros días, para que ayudados por tu misericordia vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.
T: Tuyo es el Reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor.

Rito de la paz
   Ha llegado el momento en el que pedimos la paz y la unidad para toda la Iglesia y para toda la familia humana y nos damos mutuamente la señal de la paz y de la caridad.
S: Señor Jesucristo que dijiste a tus apóstoles: mi paz os dejo, mi paz os doy; no mires nuestros pecados sino la fe de tu Iglesia y conforme a tu Palabra, concédele la paz y la unidad, tu que vives y reinas por los siglos de los siglos.
T: Amén.
S: La paz del Señor esté siempre con vosotros.
T: Y con tu espíritu.
S: Daos fraternalmente la paz
   (o cualquier otra fórmula).

   Nos damos la paz, unos a otros, con el gesto acostumbrado.
   Este gesto no debería tomarse únicamente como una expresión simpática, sino como una afirmación de voluntad de superación de divisiones, de reconciliación y perdón mutuo, tal y como Jesús nos ha enseñado.

Fracción del Pan
   El sacerdote parte la Sagrada Hostia en dos mitades y deposita una pequeña fracción en el Cáliz, mientras todos juntos, rezamos o cantamos la letanía del "Cordero de Dios".

Sacerdote y todos:
  
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.
   Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.
   Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, danos la paz.

   El sacerdote, en voz baja, pide ahora en oración a Jesucristo que le libere de todo mal y pecado, que le mantenga fiel a sus mandamientos y que no permita que se separe jamás de Él.

Comunión
  
El sacerdote muestra la Hostia partida a la asamblea, mientras invita a todos a la comunión.
S: Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, dichosos los invitados a la cena del Señor.
Sacerdote y todos:
   Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.

   Cuando Jesús se dirigía a casa del centurión, éste no se sintió digno de su visita y le dijo esta misma frase que acabamos de repetir (Luc 7, 1-10 y Mt 8, 5-13). También nosotros, nos sentimos indignos de recibir la visita del Señor, en nuestro interior.
   El sacerdote comulga ahora con el Pan y con el Cáliz.
   A continuación, el sacerdote toma en sus manos la patena preparada para distribuir la comunión y se dirige hacia la parte frontal del presbiterio. De manera ordenada y en silencio nos acercaremos hasta el sacerdote para comulgar.
S: El cuerpo de Cristo.
T: Amén.

   Nuestro Amén, refrenda nuestra fe en que el pan que recibimos, no es pan sino el Cuerpo de Cristo, el mismo Cristo.
   Regresamos a nuestro asiento y procuramos mantenernos en actitud y espíritu de oración y de acción de gracias.
   El sacerdote, de regreso al altar, se dispone a recoger y retirar los objetos litúrgicos. Primero purifica la patena. Luego deposita una pequeña cantidad de agua en el cáliz y bebe de él y con el paño purificador lo limpia y lo seca. Finalmente lo retira todo del altar.

Rito de conclusión
S: Oremos.
    De pie.
   El sacerdote, en nombre de todos, dice la Oración de Poscomunión propia de la Misa del día, en agradecimiento al Padre por el gran don que acabamos de recibir.
T: Amén.
S: El Señor esté con vosotros.
T: Y con tu espíritu.
  
Antes de despedirnos, el sacerdote nos bendice.
S: La bendición de Dios, todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros.
T: Amén.
S: Podéis ir en paz.
T: Demos gracias a Dios.

   El sacerdote besa el altar y se retira, después de haber hecho una reverencia.
   Con la fuerza de la bendición de Dios, salimos con la misión de continuar nuestra entrega, nuestro sacrificio en las actividades cotidianas: amando y trabajando como hijos de Dios.


Texto completo de las plegarias eucarísticas

Plegaria eucarística I

Padre misericordioso,te pedimos humildemente
por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor,
que aceptes y bendigas estos + dones,
este sacrificio santo y puro que te ofrecemos,
ante todo, por tu Iglesia santa y católica,
para que le concedas la paz, la protejas,
la congregues en la unidad
y la gobiernes en el mundo entero,
con tu servidor el Papa N.,
con nuestro Obispo N.,
y todos los demás Obispos que, fieles a la verdad,
promueven la fe católica y apostólica.

Acuérdate, Señor, (de tus hijos N. y N.)
y de todos los aquí reunidos,
cuya fe y entrega bien conoces;
por ellos y todos los suyos,
por el perdón de sus pecados
y la salvación que esperan,
te ofrecemos, y ellos mismos te ofrecen,
este sacrificio de alabanza,
a ti, eterno Dios, vivo y verdadero.

Reunidos en comunión con toda la Iglesia,
y celebrando la noche santa –día santo-
de la resurrección de nuestro Señor Jesucristo
veneramos la memoria,
ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María,
Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor;
la de su esposo, san José;
la de los santos apóstoles y mártires Pedro y Pablo,
Andrés, (Santiago y Juan, Tomás, Santiago, Felipe,
Bartolomé, Mateo, Simón y Tadeo, Lino, Cleto,
Clemente, Sixto, Cornelio, Cipriano,
Lorenzo, Crisógono,
Juan y Pablo, Cosme y Damián,)
y la de todos los santos;
por sus méritos y oraciones
concédenos en todo tu protección.

Acepta, Señor, en tu bondad,
esta ofrenda de tus siervos
y de toda tu familia santa;
y que te ofrecemos también por aquellos
que te has dignado hacer renacer del agua y del Espíritu Santo,
otorgándoles el perdón de todos sus pecados;
ordena en tu paz nuestros días,
líbranos de la condenación eterna
y cuéntanos entre tus elegidos.

Bendice y santifica, oh Padre, esta ofrenda,
haciéndola perfecta, espiritual y digna de ti,
de manera que sea para nosotros
+ Cuerpo y Sangre de tu Hijo amado,
Jesucristo, nuestro Señor,
el cual, la víspera de su Pasión,
tomó pan en sus santas y venerables manos,
y, elevando los ojos al cielo,
hacia ti, Dios, Padre suyo todopoderoso,
dando gracias te bendijo,
lo partió, y lo dio a sus discípulos, diciendo:
Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo,
que será entregado por vosotros.

Del mismo modo, acabada la cena,
tomó este cáliz glorioso
en sus santas y venerables manos,
dando gracias te bendijo,
y lo dio a sus discípulos, diciendo:
Tomad y bebed todos de él,
porque éste es el cáliz de mi Sangre,
Sangre de la alianza nueva y eterna,
que será derramada por vosotros
y por todos los hombres
para el perdón de los pecados.
Haced esto en conmemoración mía.

Éste es el sacramento de nuestra fe.

Aclamación Memorial

Por eso, Padre,
nosotros, tus siervos, y todo tu pueblo santo,
al celebrar este memorial de la muerte gloriosa
de Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor;
de su santa resurrección del lugar de los muertos
y de su admirable ascensión a los cielos,
te ofrecemos, Dios de gloria y majestad,
de los mismos bienes que nos has dado,
el sacrificio puro, inmaculado y santo:
pan de vida eterna y cáliz de eterna salvación.

Mira con ojos de bondad esta ofrenda y acéptala
como aceptaste los dones del justo Abel,
el sacrificio de Abrahán,
nuestro padre en la fe,
y la oblación pura
de tu sumo sacerdote Melquisedec.

Te pedimos humildemente, Dios todopoderoso,
que esta ofrenda sea llevada a tu presencia,
hasta el altar del cielo, por manos de tu ángel,
para que cuantos recibimos
el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo,
al participar aquí de este altar,
seamos colmados de gracia y bendición.

Acuérdate también, Señor,
de tus hijos y hijas (N. y N.)
que nos han precedido con el signo de la fe
y duermen ya el sueño de la paz.
A ellos, Señor, y a cuantos descansan en Cristo,
concédeles el lugar del consuelo,
de la luz y de la paz.

Y a nosotros, pecadores, siervos tuyos,
que confiamos en tu infinita misericordia,
admítenos en la asamblea
de los santos apóstoles y mártires
Juan el Bautista, Esteban, Matías y Bernabé,
(Ignacio, Alejandro, Marcelino y Pedro,
Felicidad y Perpetua, Águeda, Lucía,
Inés, Cecilia, Anastasia,)
y de todos los santos; y acéptanos en su compañía,
no por nuestro méritos,
sino conforme a tu bondad.

Por Cristo, Señor nuestro,
por quien sigues creando todos los bienes,
los santificas, los llenas de vida,
los bendices y los repartes entre nosotros.

Por Cristo, con él y en él,
a ti, Dios Padre omnipotente,
en la unidad del Espíritu Santo,
todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.

Amén.

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Plegaria eucarística II

Santo eres en verdad, Señor, fuente de toda santidad;
por eso te pedimos que santifiques estos dones
con la efusión de tu Espíritu,
de manera que sean para nosotros
Cuerpo y Sangre de Jesucristo, nuestro Señor.

El cual, cuando iba a ser entregado a su Pasión,
voluntariamente aceptada, tomó pan,
dándote gracias, lo partió
y lo dio a sus discípulos, diciendo:

Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo,
que será entregado por vosotros.

Del mismo modo, acabada la cena, tomó el cáliz,
y, dándote gracias de nuevo,
lo pasó a sus discípulos, diciendo:

Tomad y bebed todos de él,
porque éste es el cáliz de mi Sangre,
que será derramada por vosotros
y por todos los hombres
para el perdón de los pecados.
Haced esto en conmemoración mía.

Este es el sacramento de nuestra fe.

Aclamación Memorial

Así, pues, Padre,
al celebrar ahora el memorial
de la muerte y resurrección de tu Hijo,
te ofrecemos el pan de vida y el cáliz de salvación,
y te damos gracias porque nos haces dignos
de servirte en tu presencia.
Te pedimos humildemente
que el Espíritu Santo congregue en la unidad
a cuantos participamos
del Cuerpo y Sangre de Cristo.

Acuérdete, Señor,
de tu Iglesia extendida por toda la tierra:
y con el Papa N.,
con nuestro Obispo N.,
y todos los pastores que cuidan de tu pueblo.
Llévala a su perfección por la caridad.

Acuérdete también de nuestros hermanos
que durmieron en la esperanza
de la resurrección,
y de todos los que han muerto en tu misericordia;
admítelos a contemplar la luz de tu rostro.

Ten misericordia de todos nosotros,
y así, con María, la Virgen Madre de Dios,
los apóstoles y cuantos vivieron en tu amistad
a través de los tiempos,
merezcamos, por tu Hijo Jesucristo,
compartir la vida eterna y cantar tus alabanzas.

Por Cristo, con él y en él,
a ti, Dios omnipotente,
en la unidad del Espíritu Santo,
todo honor y toda gloria
por los siglos de los siglos.

Amén.

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Plegaria eucarística III

Santo eres en verdad, Señor,
y con razón te alaban todas tus criaturas,
ya que por Jesucristo, tu Hijo, Señor nuestro,
con la fuerza del Espíritu Santo,
das vida y santificas todo,
y congregas a tu pueblo sin cesar,
para que ofrezca en tu honor
un sacrificio sin mancha
desde donde sale el sol hasta el ocaso.

Por eso, Padre, te suplicamos
que santifiques por el mismo Espíritu
estos dones que hemos separado para ti,
de manera que sean
Cuerpo y Sangre de Jesucristo,
Hijo tuyo y Señor nuestro,
que nos mandó celebrar estos misterios.

Porque él mismo,
la noche en que iba a ser entregado, tomó pan,
y dando gracias te bendijo, lo partió
y lo dio a sus discípulos, diciendo:
Tomad y comed todos de él,
porque esto es mi Cuerpo,
que será entregado por vosotros.

Del mismo modo, acabada la cena, tomó el cáliz,
dando gracias te bendijo,
y lo pasó a sus discípulos, diciendo:
Tomad y bebed todos de él,
porque éste es el cáliz de mi Sangre,
Sangre de la alianza nueva y eterna,
que será derramada por vosotros
y por todos los hombres y mujeres
para el perdón de los pecados.
Haced esto en conmemoración mía.

Este es el sacramento de nuestra fe.

Aclamación Memorial

Así, pues, Padre,
al celebrar ahora el memorial
de la pasión salvadora de tu Hijo,
de su admirable resurrección y ascensión al cielo,
mientras esperamos su venida gloriosa,
te ofrecemos, en esta acción de gracias,
el sacrificio vivo y santo.

Dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia,
y reconoce en ella la Víctima
por cuya inmolación quisiste
devolvemos tu amistad,
para que, fortalecidos con el Cuerpo
y la Sangre de tu Hijo
y llenos de tu Espíritu Santo,
formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu.

Que él nos transforme
en ofrenda permanente,
para que gocemos de tu heredad
junto con tus elegidos:
con María, la Virgen Madre de Dios,
los apóstoles y los mártires,
y todos los santos, por cuya intercesión
confiamos obtener siempre tu ayuda.

Te pedimos, Padre,
que esta Víctima de reconciliación
traiga la paz y la salvación al mundo entero.
Confirma en la fe y en la caridad
a tu Iglesia, peregrina en la tierra:
a tu servidor, el Papa N.,
a nuestro Obispo N., al orden episcopal,
a los presbíteros y diáconos,
y a todo el pueblo redimido por ti.
Atiende los deseos y súplicas de esta familia
que has congregado en tu presencia en el domingo,
día en que Cristo ha vencido a la muerte
y nos ha hecho partícipes de su vida inmortal.
Reúne en tornó a ti, Padre misericordioso,
a todos tus hijas y tus hijos dispersos por el mundo.

A nuestros hermanos difuntos
y a cuantos murieron en tu amistad
recíbelos en tu reino,
donde esperamos gozar todos juntos
de la plenitud eterna de tu gloria,
por Cristo, Señor nuestro,
por quien concedes al mundo todos los bienes.

Por Cristo, con él, y en él,
a ti, Dios Padre omnipotente,
en la unidad del Espíritu Santo,
todo honor y toda gloria
por los siglos de los siglos.

Amén.

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Plegaria eucarística IV

Te alabamos, Padre nuestro,porque eres grande
y porque hiciste todas las cosas con sabiduría y amor.
A imagen tuya creaste al hombre
y le encomendaste al universo entero,
para que, sirviéndote sólo a ti, su Creador,
dominara todo lo creado.
Y cuando por desobediencia perdió tu amistad
no lo abandonaste al poder de la muerte,
sino que compadecido, tendiste la mano a todos,
para que te encuentre el que te busca.

Reiteraste, además, tu alianza a todos los hombres,
por los profetas los fuiste llevando
con la esperanza de salvación.
Y tanto amaste al mundo, Padre santo,
que, al cumplirse la plenitud de los tiempos,
nos enviaste como salvador a tu único Hijo.
El cual se encarnó por obra del Espíritu Santo,
nació de María, la Virgen,
y así compartió en todo nuestra condición humana
menos en el pecado;
anunció la salvación a los pobres,
la liberación a los oprimidos
y a los afligidos el consuelo.

Para cumplir tus designios,
él mismo se entregó a la muerte,
y, resucitando, destruyó la muerte y nos dio nueva vida.
Y para que no vivamos ya para nosotros mismos,
sino para él, que por nosotros murió y resucitó,
envió, desde el Padre, al Espíritu Santo
como primicia para los creyentes,
a fin de santificar todas las cosas,
llevando a plenitud su obra en el mundo.

Por eso, Padre, te rogamos
que este mismo Espíritu
santifique estas ofrendas,
para que sean + Cuerpo y Sangre
de Jesucristo, nuestro Señor,
y así celebremos el gran misterio
que nos dejó como alianza eterna.

Porque él mismo,
llegada la hora en que había de ser glorificado
por ti, Padre santo,
habiendo amado a los suyos
que estaban en el mundo,
los amó hasta el extremo.

Y, mientras cenaba con sus discípulos,
tomó pan, te bendijo,
lo partió y se lo dio, diciendo:
Tomad y comed todos de él,
porque esto es mi Cuerpo,
que será entregado por vosotros.

Del mismo modo,
tomó el cáliz lleno del fruto de la vid,
te dio gracias,
y lo pasó a sus discípulos, diciendo:
Tomad y bebed todos de él,
porque éste es el cáliz de me Sangre,
Sangre de la alianza nueva y eterna,
que será derramada por vosotros
y por todos los hombres
para el perdón de los pecados.
Haced esto en conmemoración mía.

Este es el sacramento de nuestra fe.

Aclamación Memorial

Por eso, Padre,
al celebrar ahora el memorial de nuestra redención,
recordamos la muerte de Cristo
y su descenso al lugar de los muertos,
proclamamos su resurrección y ascensión a tu derecha;
y mientras esperamos su venida gloriosa,
te ofrecemos su Cuerpo y su Sangre,
sacrificio agradable a ti
y salvación para todo el mundo.

Dirige tu mirada sobre esta Víctima
que tú mismo has preparado a tu Iglesia,
y concede a cuantos compartimos
este pan y este cáliz,
que, congregados en un solo cuerpo
por el Espíritu Santo,
seamos, en Cristo,
víctima viva para alabanza de tu gloria.

Y ahora, Señor, acuérdate de todos aquellos
por quienes te ofrecemos este sacrificio:
de tu servidor el Papa N.,
de nuestro Obispo N.,
del orden episcopal y de los presbíteros y diáconos,
de los oferentes y de los aquí reunidos,
de todo tu pueblo santo
y de aquellos que te buscan con sincero corazón.

Acuérdete también
de los que murieron en la paz de Cristo
y de todos los difuntos,
cuya fe sólo tú conociste.
Padre de bondad,
que todos tus hijos y tus hijas nos reunamos
en la heredad de tu reino,
con María, la Virgen Madre de Dios,
con los apóstoles y los santos;
y allí, junto con toda la creación
libre ya del pecado y de la muerte,
te glorifiquemos por Cristo, Señor nuestro,
por quien concedes al mundo todo los bienes.

Por Cristo, con él, y en él,
a ti, Dios Padre omnipotente,
en la unidad del Espíritu Santo,
todo honor y toda gloria
por los siglos de los siglos.

Amén.

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