RECÉ ASÍ.

Recé así: Señor, habla conmigo.
Y un riuseñor comenzó a acantar...
Pero yo no lo oí.
Entonces repetí:
Señor, habla conmigo...
y el eco de un trueno se oyó.
Pero fui incapaz de oírlo.
Miré alrededor y dije:
Señor, déjame verte...
y una estrella brilló en el cielo.
Pero yo no la ví.
Entonces, comencé a gritar:
Señor, muéstrame un milagro...
Y un niño nació.
Pero no sentí el latir de la vida.
Entonces comencé a llorar y a desesperarme:
Señor, tócame
y déjame sentir que estás aquí conmigo...
Y una mariposa se posó suavemente en mi hombro.
Espanté a la mariposa con la mano y desilusionada
continué mi camino, triste, sola y con miedo.

¿Cuándo podremos comprender que Dios está
siempre ahí, donde está la vida?
¿Hasta cuándo mantendremos nuestros ojos y
nuestros corazones cerrados para los milagros de la
vida que se presenta diariamente, en todo momento?
¿Hasta cuándo?