Orar es sobre todo
amar.
Para la gran mística Santa Teresa de Lisieux, orar es amar. Ella solía decir: «Para
mí la oración es un impulso del corazón, es una simple mirada al cielo, es un grito de
gratitud en la prueba y en la alegría, en resumen, es algo grande, sobre natura que
dilata mi alma y la une a Jesús».
Más que un gran discurso de la mente, la oración es un impulso del
corazón, una mirada al cielo que dilata el alma. A veces nos complicamos al hablar de
oración, cuando ésta es muy sencilla. De lo que se trata es de amar. Un impulso de amor
que salga espontáneo de un corazón sincero y agradecido ya es una inmensa oración. Orar
es, en definitiva, expresar amor. Decir a Dios con el corazón que de verdad le queremos.
Rezar no es elucubrar sobre Dios, sino decirle con un corazón agradecido de hijo: «¡Padre!».
Rezar es manifestar confianza a quien sabemos que nos ama con un amor personal y tierno.
Es dilatar el alma ante quien sabemos que nos conoce y nos comprende.
Complicar la oración puede significar muchas veces no hacerla. Cuidemos el
corazón para que éste, convertido de verdad a Dios y purificado sea capaz de
manifestarle amor, un amor que luego tenga una plasmación concreta en obras a favor de
los más necesitados.
( Texto nº 148, del Libro:
" CREO EN EL HOMBRE" de Joan Bestard.
2ª edición. Año 1997. ISBN 84-239-9906-8. Espasa Espíritu.). |