UNIONES DE HECHO Y DE DERECHO.

Formación de Adultos

   El matrimonio cristiano se reconoce por sus características, las cuales se fundamentan en el contenido del Evangelio. Es la unión del hombre y la mujer, alimentada o fundamentada en un amor auténtico y desinteresado. La unión en el amor mutuo debe ser fuente para poder superar la inclinación que todos llevamos hacia los comportamientos egoístas o interesados. Además de este aspecto, que supone un alto grado de madurez personal, está el aspecto jurídico y el ético: el matrimonio conlleva un compromiso total, de vida y por vida, con la aceptación pública y social de este compromiso. Ello es debido a que la vida matrimonial es el principal vínculo para fortalecer la unión en la familia y por ser la familia la célula fundamental de la organización social.

   Para que un matrimonio alcance estas condiciones ideales, sus contrayentes necesitan de un alto grado de madurez y responsabilidad. Este nivel de compromiso es más difícil de aceptar por las dificultades que opone la sociedad actual a la estabilidad de la familia. Son dificultades de origen económico, cultural o religioso, que se agregan a los factores personales para entorpecer el matrimonio. En consecuencia, éste se atrasa en muchas ocasiones o se limita el número de hijos o se busca otro tipo de uniones que lo evitan, como las parejas de hecho.

   Las parejas de hecho se están convirtiendo en una forma de unión cada vez más frecuente. Sin embargo, estas uniones no poseen la estabilidad que proporciona un matrimonio como el eclesiástico, donde el amor entre los esposos les lleva a un compromiso de fidelidad y de vivir unidos de por vida.

   A las parejas de hecho les falta esa decisión de comprometerse, de querer madurar como personas haciendo que su amor sea total, definitivo y fecundo. Entonces su matrimonio será una unión fuerte, como casa que se cimenta sobre roca. Ésta será la institución ideal donde se engendre a los hijos y se cuide su educación, basada en principios religiosos.

   Estas ideas sobre el matrimonio y las mejores condiciones para llegar a él, están cambiando en los tiempos modernos. En la mayoría de las parejas de novios se escucha: "Vamos a probar el vivir juntos antes de casarnos, a ver qué tal nos va". Y también a los mayores: "¿Para qué nos vamos a casar por la Iglesia, si vamos a perder la pensión?" ¿Dónde está nuestra conciencia de cristianos? El hecho de que la legislación permita el divorcio, las parejas de hecho y hasta otras formas de unión de tipo matrimonial, no quiere decir que estas uniones ofrezcan la misma garantía de compromiso para superar juntos las dificultades de la vida.

   Pero puede ser que exista la corriente contraria.

   Al estar vigente una legislación más permisiva sobre las condiciones para casarse y también para divorciarse, muchas parejas prefieren no formular compromisos para toda la vida. Al pensar así, dichas parejas ya están aceptando que un buen divorcio será la mejor solución para un mal matrimonio.

   ¿Podemos exigir que se casen por la Iglesia aquellos que no poseen un grado de amor y de compromiso para llevar a cabo las promesas del matrimonio? ¿qué hacer entonces con los inmaduros en su capacidad de entrega en el amor, pero que desean casarse?

   La condición de pareja de hecho revela que existen matrimonios de diversas categorías en cuanto a las disposiciones que llevan los contrayentes. La sociedad siempre ha incentivado el matrimonio, que también es la mejor forma de asegurar la descendencia, pues falta nos hace hoy para asegurar el relevo generacional.

   Las parejas de hecho se están convirtiendo en un fenómeno social que no se resolverá rechazando a quienes lo eligen. Hay que estudiar este asunto en sus rasgos, como medida previa para diseñar una pastoral para ellos. Esta forma de unión se la puede considerar como un paso intermedio hacia un compromiso más pleno, más maduro. Tendría una duración transitoria, hasta lograr un mayor convencimiento de los contrayentes de que el amor y el compromiso no son excluyentes. Que su meta es madurar hasta superar las dificultades, que no pueden hacerlo quienes recurren al divorcio.

Inicio de página