ENLOQUECIDOS
Cuando el trabajo devora nuestros sueños y almacena en el
desván de nuestra memoria sed de felicidad es el momento de decir «¡basta!». Sin
embargo, algo tan sencillo como reconocer que nuestra vida es una oficina, un montón de
expedientes o una cascada de proyectos necesarios para sobrevivir, nos resulta tarea
imposible. Por lo visto, no es fácil reconocer que a menudo el trabajo ocupa el lugar de
los afectos.
Vivimos enloquecidos en una ansia febril de competir con los otros y con
nosotros mismos. Vivimos enloquecidos en una carrera sin meta y sin distancia. Somos cada
día más los que cerramos los ojos y los labios negándonos: «al amor de la luz, de la
flor y de los nombres» (Pedro Salinas, «La voz a ti debida»). La luz, el sol, el cielo
azul y los lentos atardeceres son quimeras de caducos nostálgicos y románticos
trasnochados. El hombre moderno y la mujer de hoy viven -vivimos- en el ahora trascendente
y vital: cada minuto del día que se pierde en una sonrisa, en una palabra de aliento al
amigo entristecido, en la mano tendida al hijo desorientado o en la caricia a la madre
recluída en el sillón de las horas sin tiempo nos parece un minuto robado a nuestras
importantes ocupaciones.
Me reconozco herido por el mal de esta modernidad y confieso que algún día
nos sorprenderemos escuchando el trino del canario enjaulado en un rincón de nuestra
casa, contemplando el lento y rápido movimiento de los peces del acuario regalado a
nuestros hijos en una tarde de invierno o mirando atónitos el árbol desnudo que tiempo
atrás lo recordábamos tupido de verde vida.
Pero, como tantos amigos que me acompañan en esto del vivir enloquecidos, no
acabamos de perder el miedo a la vida y nos escapamos alejando la mirada de las cosas
cotidianas y sencillas. Entre prisas y ocupaciones vamos dejándonos la piel del alma en
los acantilados de un vacío que acabará por devorarnos. Y la vida nos reclamará -ya con
urgencia y a voces- desde los rincones del arte como música encantada e irresistible. Tal
vez para entonces ya no habrá respuesta posible en el silencio agónico y enloquecido de
nuestras casas deshabitadas.
Eduardo GALÁN
20-01-2002
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